
Muchas veces no elegimos desde la conciencia, sino desde lo aprendido.
Aprendimos qué era el amor observando a nuestros cuidadores, cómo se resolvían los conflictos, cómo se expresaba el afecto o cómo se manejaba el silencio, la distancia o el miedo.
Cuando esas primeras experiencias fueron confusas, inestables o dolorosas, es posible que hoy repitamos vínculos que nos generan inseguridad, dependencia o sufrimiento.
El proceso terapéutico permite reconocer esas formas aprendidas de amar, comprender de dónde vienen y comenzar a construir relaciones más sanas, con límites claros, mayor autoestima y seguridad emocional.
No se trata de culpar el pasado, sino de entenderlo para dejar de repetirlo.
Cita https://encuadrado.com/p/psicologa-gemita-reyes-garcia



Los principales componentes de la terapia de tercera generación incluyen:
La terapia de tercera generación se utiliza para tratar una variedad de problemas psicológicos, como la depresión, la ansiedad, el estrés, los trastornos alimentarios y la adicción. Se aplica en sesiones individuales o grupales, y su enfoque se adapta a las necesidades específicas de cada persona.
Algunos de los mayores exponentes de la terapia de tercera generación son:


Espacio de intervención clínica orientado a identificar y comprender los patrones relacionales aprendidos en la infancia y adolescencia, y cómo estos influyen en los vínculos actuales. A través de un trabajo profundo y personalizado, se abordan experiencias tempranas, dinámicas familiares y formas de apego que pueden estar generando repetición de conflictos, relaciones poco sanas o dificultades emocionales persistentes.
El proceso no se centra solo en aliviar el malestar, sino en generar cambios estructurales: fortalecer la regulación emocional, desarrollar límites saludables y construir vínculos más conscientes, seguros y coherentes con la etapa adulta.